La estructura libidinal del dinero en un análisis.

El dinero, en la experiencia de un análisis, rara vez se presenta como un mero instrumento de intercambio regido por el principio de realidad. Su irrupción, ya sea en la forma del pago de los honorarios o en el relato sufriente del analizante, devela una estructura libidinal compleja, un montaje singular donde se anudan el deseo, el goce y la falta. Ignorar su dimensión significante para reducirlo a una cuestión de economía doméstica es un error clínico que obtura la posibilidad de escuchar lo que allí insiste en decirse sobre la posición del sujeto.

El neurótico, en particular el obsesivo, a menudo cree que el dinero es la solución al enigma del deseo del Otro. La fantasía es que una cantidad suficiente podría colmar la falta, comprar el amor o la seguridad, silenciar la angustia. El dinero se convierte así en un equivalente imaginario de lo que se supone falta al Otro, y por extensión, a uno mismo. Se persigue con la ilusión de que su acumulación producirá un ser sin fisuras, una completud. Sin embargo, como toda búsqueda orientada por el deseo, está condenada a la metonimia: siempre se necesitará más, pues el objeto que se busca no es el dinero en sí, sino el objeto causa del deseo, el objeto a, del cual el dinero es apenas un semblante.

El dinero como semblante del objeto a

Aquí el dinero opera como un semblante privilegiado del objeto a. Es contable, separable del cuerpo, circula, se pierde y se recupera. Encarna esa parte de uno mismo que puede ser cedida, ese “trozo de carne” simbólico que se entrega para sostener el lazo con el Otro. En su forma de plusvalía, resuena con el concepto lacaniano de plus-de-gozar. La acumulación capitalista y la acumulación libidinal comparten una lógica: la de un excedente que, en lugar de satisfacer, atiza el circuito y exige más. El goce del avaro no reside en la posibilidad de compra, sino en la contemplación del tesoro, en la retención del objeto a como tapón de su propia falta. Es un goce solitario, anal, que se satisface en el no-gasto, en la no-pérdida.

Por el contrario, el pródigo encuentra un goce mortífero en el gasto, en el acto de hacer desaparecer el dinero, de arrojarlo al vacío. En esa pérdida, experimenta fugazmente un contacto con la nada, con la inconsistencia del Otro, un goce que lo confronta con su propia división. El endeudado crónico, por su parte, se sostiene en una relación de goce con la falta misma. La deuda lo mantiene atado al Otro acreedor, en una dialéctica de demanda y frustración que organiza su existencia y le provee una identidad sufriente pero estable.

Es en el pago de las sesiones donde esta estructura se materializa de forma radical. El pago no es una transacción comercial; es un acto que introduce un corte simbólico. Cuesta, y debe costar. Como lo articuló Lacan, el analizante cede algo de lo real de su cuerpo —su tiempo, su trabajo, su esfuerzo— condensado en ese significante universal que es el dinero. Al pagar, el analizante no compra la escucha del analista, sino que sostiene el lugar del deseo en la cura. Es un sacrificio que le da peso a su palabra y lo responsabiliza de su implicación en el análisis. Las dificultades con el pago —el olvido, la demora, el regateo— no son meros problemas administrativos, sino actos sintomáticos que señalan la resistencia del sujeto a ceder una libra de su goce.

El trabajo analítico, entonces, no busca una “mejor gestión financiera”, sino interrogar qué goce se satisface en la ruina, qué fantasma se sostiene en la avaricia, qué falta se intenta negar con la opulencia. Se trata de que el sujeto pueda pasar de la queja sobre el tener a la articulación de la pregunta por su ser, reconociendo que ningún tesoro podrá jamás suturar la herida estructural que lo constituye como sujeto deseante.

 

El dinero en psicoanálisis

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